Llega la noche. Con ella, el sonido de la lluvia y del agua que aún corre cerca de quienes se refugian a la orilla de la ruta 157. El frío en pleno verano, la preocupación y la angustia de ver el esfuerzo de toda una vida irse con la corriente del agua de la inundaciones en Tucumán no dejan dormir. "¿Qué hacemos ahora? ¿Todos los años vamos a tener que volver a empezar?", es una pregunta que se escuchó entre carpas y vehículos, sin que nadie tenga una respuesta.
No fue una simple tormenta. No fue un temporal ordinario. Fue un desastre que golpeó a miles de personas y dejó sus sueños tan lejos como la distancia que hoy los separa de sus casas.
A la vera de las rutas 157 y 302 se extiende un campamento improvisado. La noche que trae silencio también trajo el peso del cansancio. Muchos sucumbieron temprano al sueño después de un largo día de rescates y esperas. Algunos duermen dentro de sus vehículos, otros sobre colchones improvisados y otros directamente sobre cúmulos de ropa.
Las sillas de jardín predominan como camas. En cada pequeño y mediano campamento, hay un sereno que mira su celular mientras las horas pasan y su familia duerme a su lado. Las carpas son lo que cada uno pudo armar, desde gazebos con estructura metálica, hasta simples mantas de plástico tendidas entre dos palos. Cualquier cosa que prometa algo de abrigo ante una nueva lluvia.
Los pocos animales rescatados descansan atados detrás de las tiendas de sus dueños. La oscuridad cubre ambos tramos de la ruta.
Pasó la medianoche y aparece una camioneta solidaria cruzando despacio, como pidiendo perdón ante un posible despertar. En la caja lleva una olla grande: "Guiso calentito, doña", se oye desde adentro, dirigido a quien aparezca despierto.
Los refugiados duermen. Duermen agotados. Y sueñan que al despertar el agua haya bajado para poder volver a sus hogares.
Una noche a la intemperie, sin saber qué quedó atrás
El paisaje nocturno es el de una comunidad entera que duerme como puede. Selena Juárez salió esa tarde de la tormenta con sus dos hijos de siete y 10 años. Salió de su casa, el nivel ya le llegaba más arriba de la rodilla. Salió sin tiempo de armar nada. “Tengo unos plásticos, pero no he armado nada. Ya es de noche”, dice. Lo que más necesita para pasar la noche es un colchón, cuenta. Cristina Juárez tampoco pegó un ojo. Salió la noche anterior con su marido y su hijo, apenas con un bolso de medicamentos y poca ropa. “Hemos tenido una noche horrible, con mucha angustia, lluvia, y hemos empezado a ver cómo avanzaba y avanzaba lentamente el agua”. Primero estaban sobre la ruta 157. El agua también llegó ahí y tuvieron que correrse más, ahora se encuentran sobre la ruta 308. Ahora descansa con los pies hinchados, mirando cómo algunos vecinos logran conciliar el sueño a su alrededor.
Entre los que duermen del cansancio está Claudio Jerez, que aparece en una silla reclinada, agotado. Cuando despierta cuenta que vive en una zona alta del pueblo, sobre calle Independencia al fondo, un lugar que nunca se había inundado. Tuvo que salir a caballo. Su camioneta quedó bajo el agua. No alcanzó a rescatar ni los medicamentos.
Pérdida total y el peso de volver a empezar
Gabriel Córdoba entró en lancha ese día a ver cómo había quedado su barrio en calle Urquiza. La respuesta fue corta y definitiva: “pérdida total”. Y continuo: “No pudimos rescatar absolutamente nada. Solo dos colchones para salir.” Es su segunda noche en el campamento de la ruta. Y ante otra noche fuera de casa cuenta que se vive “muy sufrido". "Ver a la localidad, al pueblo, con muchos animales afuera. Hubo pérdida de animales. Y gente que no quiso salir de las casas”, agrega.
Las familias Alderete y Casal de Cristo perdieron también todo. En su caso, la velocidad del agua fue lo que no les dio margen: en 20 minutos, una manzana entera quedó cubierta. No había tiempo de nada” Uno de los hombres del grupo tenía allí su negocio. La heladera del local fue arrastrada por la corriente hasta el alcantarillado y tuvo que ser rescatada con una retroexcavadora.
Lo que más pesa no es siempre lo material. Selena piensa en su perra y su gata que quedaron en su casa. ”Ya sé que las cosas están perdidas”, dice. “Pero lo que más me preocupa es poder entrar y ver a mis mascotas.” Gabriel Córdoba tiene en el hospital de Simoca a sus abuelos: uno con insuficiencia cardíaca, la otra diabética. No podían quedarse a la intemperie. Cristina Juárez no pide colchones ni frazadas, aunque los necesite. Pide oración. “No sé con qué nos vamos a encontrar cuando volvamos. Ahí va a ser otra realidad.”
Con “una angustia impresionante”, describe Brito Rearte al ver como el agua trepo hasta dos metros de altura dentro de las casas, se van a dormir pensando en cómo volver a empezar.